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Mi mundo… Tu mundo (Tercer Capitulo)


Me sentía asombrado conmigo mismo. Me encontraba mucho mas suelto que la tarde anterior y ahora, preocupándome, me daba el tiempo para que me respondiera. Ella también se notaba más contenta y atenta a la conversación- o a mí. No la conocía hace más de una semana y la estaba llevado a cada uno de mis lugares favoritos. Era todo tan distinto al compartirlo con ella, pero lo mejor fue cuando fuimos al Portal Lyon- mi lugar favorito de compras- para mostrarle uno de los lugares donde comprábamos comics con los siameses.
Al entrar a la tienda el vendedor quedó con la boca abierta, me imagino que pudieron ser una de estas razones; número uno, que una chica como ella entrara a una tienda de comics; o dos, que una chica como ella entrara a una tienda de comics del brazo de un tipo como yo. Definitivamente es la segunda, pero me daba completamente lo mismo lo que él pensará, total a pesar de mi campo anti-chicas tenía más vida con chicas que él. Dimos unas vueltas por la tienda y le hable un poco de los comics que conocía y me sentía honrado de responderle algunas de sus dudas y quedar como un erudito en el tema.
-¿Te gustan los comics?- le pregunté para conocer un poco mas de sus gustos.
-Comics… comics…para serte honesta nunca he leído uno...bueno, salvo los del diario.
- ¿Cómo cuales?
- A ver… me gusta… ¿Calvin & Hobbes? Si, así se llaman. El otro que me gusta, y creo que es el que me gusta mas, es uno de un gato y un perro…- dijo distraída, como evitando la conversación- que vergüenza ni siquiera sé que comics me gustan.
-¿Motas?...- esperé alguna respuesta- ¿Un gato y un perro donde todo es muy tierno? Reí un poco. Note que se puso nerviosa y que estaba metiendo la pata, que la estaba haciendo sentir mal- Pero esta bien, si no conoces es mejor comenzar por algo y los del diario están bien- le sonreí para que se sitiera un poco menos avergonzada y su temple cambió.
- Eres muy amable… me haces sentir bien.
Increíble. Hacía sentir bien a una chica. Era demasiado fantástico como para que fuera verdad.
- ¿Vamos?- dijo haciéndome despertar de mi sueño.
- ¿Dónde quieres ir?
- Vi unas tiendas de ropa un poco mas abajo ¿te molestaría?
- ¿Acompañarte?- pregunté sin entender.
- No, dejarme ahí y que te pierdas de mi vida- rió al ver la cara de pánico que coloque- ¡Pues claro, menso! Obviamente a acompañarme.
Bajamos a las tiendas y miró un poco. Dio unas vueltas y de a poco comenzó a acercarse a un estante llenos de zapatos de tacón de muchos colores. Vi que colocó una cara de felicidad al percatarse de unos zapatos amarillos con un tacón muy alto.
- Veo que eres chica de zapatos- dije levantando una ceja dándole a entender que con eso ya había descifrado toda su mente.
- ¿Chica de zapatos?- dijo ladeando un poco la cabeza como un perrito incomprendido- déjame ver si entiendo… crees que soy una chica mimada que basa su vida en la búsqueda del zapato perfecto y que en su afán de búsqueda se compra muchos zapatos que solo termina ocupando una sola vez ¿cierto?- dijo finalmente también levantando una ceja y cruzando los brazos.
Metí la pata hasta fondo, ahora iba a pensar que me molestaba su forma de ser, siendo que era no era así para nada, me causaba mucha gracia su compañía, disfrutaba de su forma de ser.
- No, no creo que sea así- dije finalmente con la esperanza de que esto pudiera tomar un curso mas ventajoso para mi.- Aunque si lo fueras no tendría problema. Pero no puedes negar que te encantan.
- No lo negaré, - acepto cruzando los brazos- pero no me clasifiques como chica de zapatos. Además, para que te enteres, hay otras cosas que me interesan, tengo muchos otros intereses en mi vida. ¿OK?- dijo dándome la espalda y dejando el zapato amarillo en su lugar.
- ¿De verdad?
- Si obviamente- me recalcó sacudiendo un poco su cabeza.
- ¿Cómo que cosas serían?
- Por ejemplo me encanta escuchar música.
- A todos nos gusta escuchar música Ursula, pero por ver un disco uno no coloca cara de niño de 4 años viendo la tienda de perritos, cara que tú colocaste cuando viste ese zapatote.
- ¿Zapatote? ¿Crees que ese es un zapatote?- Dijo sonriéndome incrédulamente.
- ¡Pues obvio! ¿Es que acaso no notas el enorme taco que tienen? Yo no se como alguien podría comprar un zapato así. O sea… ¿cómo pueden caminar con esas cosas? Nunca lo he entendido, siempre miro los zapatos de las chicas y como caminan con ellos y las observo cuando se quejan a escondidas del mundo; se acercan a un rincón y cuando creen que nadie las ve se soban los pies, luego salen cual modelo a caminar por la calle llena de piedras… aunque si se merecen mi respeto, yo creo que si me tuviera que poner uno de esos lo haría solo con la intención de morir, solo imaginate lo que sería caerte con esos zapatos, en especial con esos amarillos...definitivament
e son zapatos asesinos.
- Bueno…- dijo jugando con sus dedos mirando al piso- yo ocupo zapatos así.
No miraba al suelo, miraba sus zapatos verdes con un taco de unos 5 centímetros.
- Bueno- intentando zafarme de esa- con eso solo me demuestras lo mucho que te gustan ese tipo de zapatos.
- Ya, está bien. Me encantaron los zapatos, siempre he querido unos así y mucho cuesta encontrarlos. Por eso la cara de… ¿Cómo era, de un chico de 15 años dentro de una tienda de comics?
Y además tenía buen humor e ingenio - Claro- agregué ya para darle la razón- ¿Nos vamos?
La tome del brazo y la acerque a la entrada.
- ¿Corres?- me preguntó con una sonrisa enorme.
- Si- conteste mecánicamente.
- Ahora veras como una chica fanática de los zapatos te gana en una carrera con un par de zapatotes.
Comenzamos a hacer una carrera bajando por el caracol. Era espectacular ver su sonrisa y sus mejillas sonrosadas por la carrera. Obviamente ganó.
Al salir a la calle recién me pude percatar de la hora que era. No había ido a alimentar a las mascotas de los siameses, pero tampoco era tan tarde como para acabar el paseo. Le pregunté que era lo que quería hacer, pero dentro de las muchas actividades que podríamos hacer decidimos ir a la casa de los siameses a alimentar a Bruno y DC. Comenzamos a caminar hacia la estación de metro. Mientras pasaba la tarjeta por el validador para pasar al andén noté que su rostro cambio radicalmente. Ahora tenía la mirada perdida en la línea del metro, sentí que le preocupaba algo.
- ¿Pasa algo?- pregunté finalmente.
- No. Bueno, si. Es mi mamá.
- ¿Qué pasó con ella?
- Es que cuando te encontré en el supermercado estaba con ella y la he dejado tirada allá. En fin, cuando llegue lo más probable es que termine castigada de por vida.
- ¿La dejaste sola… y te fuiste conmigo… o sea va a creer que yo te obligué a irte conmigo?
- No por Dios- dijo asustada- no creas eso, ella sabe el por qué de que me fuera, y es solo culpa de ella.
- ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
En eso llego el metro a la estación. Nos apresuramos a entrar y nos sentamos en el piso del último vagón.
- ¿Entonces qué paso con tu madre en el supermercado?
- ¿No crees que este no es lugar para conversar ese tema?- dijo con la mirada clavada en la puerta del vagón.
- Bueno, no te preguntaré nada- dije un poco molesto. Odiaba que me dejaran en ascuas.
- Pero… me puedes preguntar otras cosas- dijo mirándome a los ojos.
Quedé en parálisis, no me había fijado que tenía la boca abierta hasta que ella se rió.
- Bueno…- dije para que pareciera que estaba pensando, pero en realidad estaba intentando despejar mi cabeza de esa mirada tan potente- ¿Qué te parece, un pequeño currículo, cuántos años tienes y de dónde vienes?
- ¿Es que acaso no sabes que a las mujeres no se le pregunta la edad? Es muy descortés.- rompió en esa risa de burla que me gustaba oír- Tengo 16 recién cumplidos y antes vivía en el Sur, llegamos hace dos semanas a Santiago por que… a mi papá lo mandaron para acá y como no tenemos parientes a los cuales recurrir me tuve que venir aquí.
- De que parte del sure?- haciendo ese leve tono campesino
- Que chistoso… burlándose de la sureña. Para tu información venía de una ciudad grande. Vivía en Puerto Montt. Y la única diferencia que tiene con Santiago es que acá hay metro y chicos fanáticos de los comics.
- Pero eso es lo que vuelve a Santiago en una cuidad mas importante que Puerto Montt, digo yo.
- Yo pensaba que lo que la volvía más importante era lo administrativo o gubernamental que esta acá, pero si tú lo dices.... pero es este caso estas completamente equivocado. Solo una de ellas es la que lo vuelve más importante, por lo menos para mí.- y me miró tan dulcemente que no aguantaba las ganas de besarla- ¿Dónde nos tenemos que bajar?
- Baquedano- dije aun con la intención.
- ¡Levántate que o sino nos vamos a pasar!
Nos bajamos rápidamente del metro y le mostré el camino que debía hacer para cambiar de línea, a lo que se mostró espectacularmente tranquila y en poco tiempo ya se conocía el camino a seguir.
Ya de nuevo dentro de un vagón no volvimos a hablar. Me sentía extraño y tenía que averiguar por qué había dicho eso, es que acaso yo le gustaba o era otra cosa. Tenía que aventurarme.
-¿Así que lo mejor de Santiago es el metro?- dije para romper el hielo, y continuar con lo que quería saber, cuando llegamos al paradero de buses a la salida del metro.
- ¿Para qué te haces el inocente? Sabes que lo mejor de Santiago eres tú.
Me sonrojé como tomate; no sabía que decir, solo me reí intentando mostrar que entendía la broma.
- Y no lo digo con sarcasmo- de nuevo me miró tan dulcemente que ese fuego de querer besarla volvió a mí- eres el único amigo que tengo acá, ya que mis amigos de el sure ni siquiera me han llamado… eres mi único amigo… mi mejor amigo en Santiago.
Me sentía como en una película donde el chico protagonista se arrepentía de ser amigo de la chica le gustaba porque así no podría nunca ser más que eso…amigos, pero cómo me podía quejar por ser su amigo, era lo mas cerca que iba a estar de una mujer y debía aprovecharlo.
- Pero no puedo ser tu única compañía, debe haber alguien que este contigo siempre… un hermano o hermana, tu madre, no se, algún novio…- reacciono a mis alternativas con una variada maraña de emociones. Al comienzo fue serenidad, luego tristeza y finalmente risa.- ¿He dicho algo malo?
- No- dijo sonriendo- son algunas cosas que creen los hombres… déjame contarte. Primero, soy hija única... por mi familia, mi padre tenía otra familia antes y ahí hay dos hombres, con mi madre solo estoy yo. Con ella hay una relación de odio-amor, no soporto su personalidad, tampoco su manera de pensar, pero la quiero, más que mas es mi madre…- miró el suelo un rato y no levanto la cabeza hasta que se había compuesto de sus pensamientos- y novio no tengo por ahora...-titubeó- o sea tuve… un tiempo… en Puerto Montt, pero me vine y él se quedó por allá.
- Quien lo diría… no pensé que dejarías atrás un novio por venirte a Santiago- Me causó un dolor tremendo saber que en realidad quería a alguien y que yo quedaba fuera de las posibilidades, pero me ayudo a dar un punto a favor de mi no enamoramiento. ¿Cómo me iba a gustar ella, si aunque me gustara sería imposible?
- Respiró hondo y botó el aire por la nariz con rapidez- Para que me conozcas. Aunque debo decir que siento que me conoces demasiado. Siento que me ves y me sacas una foto, que te das el tiempo para analizar las respuestas que te doy y que piensas muy bien que contestar. Espero que si esto es cierto no te quite espontaneidad.
- ¿Yo espontáneo? Siempre me dicen que soy la persona menos espontánea del planeta, veras me encanta planificar las cosas, pero tampoco me disgusto si las cosas surgen y simplemente pasan. Pero me siento mas seguro si las cosas suceden bajo mi plan y vigilancia.
- Entonces… ¿No te ha gustado que saliéramos juntos?- la sonrisa picara en su cara se deslizó coquetamente.
- No, no me ha molestado, pero…- me detuve no sabía como explicarle lo que comenzaba a sentir.
- ¿Pero qué?
- Nada, estupideces de mi parte- Me salvó la campana- Además ahí viene el bus.
Nos subimos al bus con las demás personas y la conversación se detuvo. Durante los 10 minutos de viaje solo miramos por las ventanas y guardamos silencio. Quería tanto contarle de que era mi primera chica, aunque no fuera mi novia, era la primera mujer en mi vida y sentía que debía saber que había roto la maldición. Pensé diferentes maneras de decírselo, pero que a final terminaban de la misma manera, mostrándole mi estudio anterior de chicas, por eso cuando nos bajamos del bus rompí el hielo inmediatamente.
- Te quiero invitar a un lugar.
- ¿A si? ¿Cuál sería?
- Mi casa.
- Me encantaría, pero…- se detuvo de estrépito.
- ¿Pero que?
- No se, me gustaría dejar sorpresas para otro día- dijo levantando los hombros.
- ¡Hey! en mi mundo todos los día son una sorpresa- dije intentando venderme tal cual producto.
- Entonces… mi mundo es tu mundo- declaró sonriendo.
- Mi mundo es tu mundo- repetí embobado.
Caminamos hacia mi casa hablando de árboles y perros. Me conversó de lo mucho que amaba a los animales y de que odiaba la gente que los maltrataba o permitía el maltrato, que le encantaría poder unirse a una sociedad en Chile como la P.E.TA., pero que había estado averiguando y que no existía una asociación que la complementara o que por lo menos cumpliera sus expectativas.
Me sentí nervioso de llevarla a mi casa, es especial por que era típico que mi padre olvidara sus calzoncillos en alguna parte extraña de la casa. Una vez los encontré dentro del basurero, según él era que ya no los quería, pero luego cuando los lavé los volví a encontrar entre su ropa sucia. En una casa de hombres es complicado mantener el orden, pero hacía todo lo posible para que la casa fuera, por lo menos, visitable, ya que no era muy agradable que los dos únicos amigos que tienes no quisieran ir a tu casa por que esta toda desordenada y echa un lío.
El camino a casa se hizo lento y tranquilo, las dos pequeñas cuadras hasta mi casa fueron de lo más apacibles. Le mostré mis casas favoritas y ella realizó comentarios arquitectónicos que nunca pensé que haría; habló de detalles de construcción y de estilos, mencionando inclusive sus favoritos en orden de preferencia, pero toda la charla se vio destruida cuando llegamos a la calle de mi casa. Justo cuando cruzábamos la calle en dirección a mi casa apareció uno de mis vecinos, en realidad uno de los hijos de mis vecinos, Pablo era un chico muy perturbador, siempre estaba observando por alguna ventana de su casa y si uno miraba por unos segundo en dirección a esta se notaba que tenia una cámara de video apuntando hacia la calle.
Él se nos acercó lentamente y nos observó a distancia por un rato, con Ursula no supimos como reaccionar. Finalmente ella sacando toda su personalidad comenzó a acercársele.
- Hola- dijo con una sonrisa enorme en su rostro.
- Madamme- y se inclino en señal de reverencia. Ursula se alejó rápidamente y se acercó a mí.
- Es muy raro este chico- dijo con cara de pánico- vamosnos de aquí.
Nos acercamos a la casa esquivando a Pablo de la manera menos prolija del mundo, casi en zigzag. Saque mis llaves y abrí el portón lo mas rápido que pude.
- Por Dios ese chico llega a dar miedo.
- ¿Por qué tanto así?- dije preocupado.
- Es que no viste su cara- dijo nerviosa.
- Pero relájate no es para tanto ¿o si?- me llamaba la atención el efecto que había tenido en ella. La gente en si no le gustaba como era Pablo, pero yo en cierto punto lo entendía porque solo era otro espécimen mas a la colección y ser tan únicos era estar solos la gran mayoría de las veces. Me pregunto si eso significaba que yo me estaba volviendo un poco más normal con la compañía de Ursula.
- Madamme...aquí no lo soy...idiota- dijo mirando hacia la calle.
- ¿Por que aquí no eres Madamme?- pregunte con curiosidad.
- ¿Ah?... ¿me muestras tu casa?
- Luego me tendrás que responder eso- dije fríamente.
- Pues claro Messie, pero no hoy, te prometo que más adelante lo haré. ¿Me muestras tu casa ahora?
- Pasa adelante.
Comencé mostrándole el living de mi casa, di las gracias de no encontrar nada perturbador en el living, lo bueno es que no tendría que mostrarle ni la pieza de mi padre ni tampoco su estudio, ya que la idea era mantenerla en la casa por lo menos hasta que me escuchara con lo de mi estudio, así que la deje dar unas vueltas por la sala, pero vigilando que no avanzara al pasillo. Lentamente comenzó a acercarse otra vez a la puerta y se paró junto a la mesa de la entrada.
- ¿Quien es ella? ¿tu madre?- Dijo con la foto en la mano.
- Yep, es mi madre.
- Es muy bonita ¿Está aquí? Me encantaría conocerla.
Nunca pensé que llegaría este momento tan rápido, ni a los siameses les permitía preguntar por ella, pero era justo que me lo preguntara ya que yo tampoco le había comentado que ella estaba muerta. El tema tampoco había salido a colación. ¿Qué le iba a decir? ¿Hola soy Lucas y mi madre esta muerta, no me gusta hablar del tema?
- No, ella no está aquí. Ella falleció pocos días después que yo nací.
Su cara me mostró lo típico que sucede cuando digo que mi madre murió, es como que el mundo también se les destruye a ellos. Luego el rostro se les cae de pena por que en su mente pasan los recuerdos que creen que yo debería tener; yo un bebe en brazos de mi padre, luego crecer sin ella, una cocina vacía, cumpleaños y navidades sin ella, la falta de una imagen materna y como que se les prende la ampolleta y creen entender el por qué de mi personalidad, y en su mente dicen: pobrecito le hizo falta una madre.
- Lucas, lo lamento mucho.
- Gracias, pero no te preocupes, es complicado vivir sin ella, pero es así y no puedo hacer nada para que sea lo contrario.
- ¿Te puedo decir algo?
Es en ese momento cuando todos a quienes les cuento que mi madre ha muerto sacan a relucir algún caso, el de una amiga, vecina, conocida, o el clásico “vi en la televisión…”. Así que me prepare para escuchar la anécdota del conocido Ursula.
- Si claro- dije al final con desanimo.
- Admiro tu fuerza- Y sin aviso o preparación alguna me abrazó- de verdad… debe haber sido tan complicado, tu solo con tu padre, ¡Por Dios y para él! Solo criando a un hijo.
- Bueno... no fue solo, en realidad fueron unos 4 años solo, luego llegó mi nana a cuidarme y estuvo conmigo hasta hace un par de años, mi padre tiene una vida muy ajetreada y no tiene tiempo para criar- dije aun con ella rodeándome con sus brazos, mientras yo seguía con mis brazos colgando a un lado de mi, evitando cualquier tipo de contacto físico de mi parte.
- Pero de todas formas- dijo finalmente soltándome de sus hermosos brazos- ella tuvo que haber sido como una madre para ti, debes extrañarla mucho.
- En realidad no. Era una mujer insoportable- Recordaba como mi A eso quería llegar- dije avanzando hacia las escaleras- quiero mostrarte algo. Ven conmigo- y subí lentamente las escaleras, pero cuando llegue arriba me percaté de que ella no venía conmigo.
- No podríamos terminar de ver la casa primero, o mostrarme lo que me quieras mostrar acá abajo- dijo con un gesto extraño, una especie de guiño.
- Continuemos el tour acá arriba, así aprovecho de mostrarte mi pieza- y ahí fue cuando recordé. Tenía el desorden mas grande dentro de mi pieza, no podía hacerla entrar y tampoco podía decirle que no lo hiciera, si yo fui el que le sugirió que entrara, así que le di el aviso inmediatamente- por si acaso, mi pieza... está hecha un desastre, no tiene ni pies no cabeza, pero de verdad necesito mostrarte algo.
- OK- dijo subiendo las escaleras- de todas formas nunca, pero nunca he conocido a un chico que tenga su pieza ordenada, es como un mal de hombres, son desordenados por naturaleza- terminó cuando llego a mi lado- ¿entonces? Veamos esa pieza.
Abrí la puerta y le mostré mi desastrosa pieza, ella no aguanto las ganas y comenzó a reírse por un buen rato mientras daba unas vueltas por la pieza.
- No es tan de desordenada- alargando la palabra “tan”- he visto peores, mucho peores.
- Entonces ¿Por qué te ríes tanto?- dije cruzándome de brazos.
- Es que creo que soy la primera chica en entrar aquí, y me siento un poco cohibida.
Definitivamente comencé a creer que me leía la mente porque dijo la pura y santa verdad. Era increíble lo perspectiva que podía llegar a ser.
- Gracias, era justamente a ese punto al que quería llegar.
- Cuéntame- dijo sentándose a lo indio en mi cama.
- Desde que tengo uso de memoria he tenido una lejanía con las chicas...
- De eso se trata todo esto... ¿De qué las chicas no te quieren?
- Por favor, ¿Me dejas terminar?- dije molestó, odiaba que la gente me interrumpa.
- Discúlpame. Por favor continua.
- Entonces... esta lejanía no es solo con las chicas es con las mujeres en general. Comencé a notarlo cuando llegó mi nana a cuidarme. Me fijaba en como ella me miraba, en que cuando yo estaba en la misma pieza con ella no me hablaba. Notaba que no me miraba por más de unos segundos, y empecé a pensar que había algo raro conmigo.
Crecí un poco y comencé a ir a la escuela, fue entonces cuando me percaté de que ni siquiera la profesora me miraba por mucho rato. Me sentía solo ya que las niñas no querían jugar conmigo y era por eso que tampoco los niños se me querían acercar. Fue entonces que aparecieron los siameses y desde ese momento se han transformado en mis mejores amigos y ya no me siento tan solo, pero el hecho de que las chicas no se me acerquen no ha cambiado hasta hace unas semanas atrás cuando tu apareciste fuera de la casa de los Turner. ¿Entiendes lo que pasa?, ¡Ursula, tu rompiste mi maldición!
- No entiendo. ¿Toda tu vida ha sido un aislamiento femenino?- dijo tranquila por unos segundos antes que rompiera en un ataque de risa.
- Está bien, era lo único que me faltaba en realidad, que una chica se riera de mi vida. Si no te importa, me gustaría que te fueras de mi casa- me sentía molesto, este era el momento donde supuesta mente se rompería en realidad mi maldición y se rompiera este maldito campo anti-chicas. Y ahora era una de ellas la que se reía de mi en mi cara, burlándose de mi ser, de lo que único que estoy seguro que soy.
Quería que se fuera, que se le alejara de mí. Sentía que no valía la pena mostrarle mi mundo, mi vida. Estaba delante de ella completamente abierto, esperando sus preguntas, esperando una reacción, pero que se riera descaradamente delante de mi no era la reacción que esperaba.
Mientras su risa se prolongaba más destruido me sentía. Me comencé a sentir ahogado dentro de mí ser, quería respirar y no podía con mi cuerpo atrapándome. Mi respiración se desvanecía. Me estaba ahogando. Note que Ursula paraba de reírse y que se acercaba a mí mientras yo me caía al piso. Eso fue lo último que recuerdo del momento consciente.
En mi mente pasaban miles de imágenes en constante repetición. Ursula riéndose una y otra vez. Los recuerdos de mi padre en el cementerio: Lukas no mató a Luisa. Lukas no mató a Luisa. Lukas no mató a Luisa. Una y otra vez. Un desfile de chicas por mi cabeza, desde mi nana hasta la profesora, todas las mujeres que no me conocían, pero que yo si conocía muy bien estaban ahí, conmigo, riéndose a carcajadas. Burlándose de mi caída, de mí ser.
Solo pude reaccionar cuando sentí una masa viscosa cruzando por mi garganta. Abrí al fin los ojos, me encontraba en mi baño junto a Ursula, apoyado en el inodoro bañado en vomito.
- ¡Reacciona por favor!- era lo único que escuchaba de Ursula, lo demás era una especie de rugido y una respiración rápida y entrecortaba. Luego me percaté que esos sonidos venían de mí mientras vomitaba.
- ¿Por que no te haz ido aun?- alcancé a articular antes de volver a vomitar.
- No pienso irme y dejarte así- dijo mientras me sobaba la espalda.
- Déjame tranquilo- hable intentando zafarme de ella- ¡No te das cuenta que es culpa tuya todo lo que está pasando ahora!- ya sentado en el suelo y un poco mas tranquilo.
- ¿Así que ahora es culpa mía todo esto?- Su mirada punzante me miraba a los ojos- OK… entonces me voy. Pero antes de irme te diré algo niño. Deja de sentirte la bazofia del mundo, hay personas que en realidad lo son y ni siquiera lo saben. Eres un buen chico… cobarde, pero buen chico.
¿Cómo se atrevía a decirme cobarde? ¿Es qué acaso no entendía que me había arriesgado más que nunca antes en mi vida?- Gracias de todas formas por tu sinceridad. Primero te burlas y ahora me tratar de cobarde, no te das cuenta que nunca había hablado con una chica ¿y tu me dices cobarde?- Estaba anonadado. Nada me salía como planeaba.
- Si, te digo cobarde, porque podrías haber utilizado una técnica mas honesta para conquistarme…- me miró con mi cabeza en la tasa del baño y se fue.
Ella creía que esto era un truco para conquistarla. Solo quería enseñarle mi mundo, mi ser… yo. Era el fin de todo lo que había luchado. Al final dejé en la tasa mis ilusiones y mi desayuno.


Prohibida su reproduccion © Melanie Rojas 2009

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